miércoles, 25 de octubre de 2023

Una noche en el potrero del Manza

 

Fue Luciano, quién gritó:

-¡GOL GANA!

Cuando Franco agarró la bocha y rumbeo para el arco, ya era tarde. Es decir, era una de esas tardes de verano en donde el sol está en el cielo, casi a punto de desaparecer por el oeste y en un rincón allá en lo alto, una luna medio transparente, aparece como pidiendo permiso.

Eso, lo de la luna,  lo vio Luciano, un pibito muy, muy blanco que siempre tenía algo raro para decir, pero que lo decía de una manera tan inocente que nadie le arrebataba una coma a sus dichos. También lo notó el gato de la Neli, la vecina que siempre estaba tomando mate en la galería mirando a la calle o a los pibes, que como, los amigos de Franco, jugaban a la pelota hasta esa hora. También lo notó un pájaro amarronado que se colocó justo sobre la rama del álamo que les servía como marcación del lateral en esa canchita al costado de la calle Ibáñez (por entonces Las Gaceta). El perro del Dientón también notó la luna, hasta le aulló medio triste porque los perros siempre saben algo más.

El arco de ellos, daba a la calle Ruíz Díaz, los del equipo de Franco atacaban para ese lado, justo en donde la luna se mostraba tímida.

El Dientón, le robo la pelota al Chueco, un habilidoso medio morfón de los monoblocs, el Gitano gritó “Tocá” y el Dientón se la dio. El ataque perfecto en los potreros no existe, o sí, siempre pasan tan fugaces que es complicado no advertir que algo bueno se está armando si no estás ahí como testigo presencial.

Entonces, el Gitano amagó a la izquierda, pero finalmente hizo la bocha para la derecha y Franco entró en acción. También vimos como la madre del Dientón se acercaba a la esquina de Santa Teresa y La Gaceta para gritarle a su hijo, que ya era hora de cenar. Sin embargo, los planes seguían al píe del cañón, Franco con la “Chimbomba” (diría algún relator de Play Estatión), avanzó marcando la ruta de la pequeña gloria, encarando, siempre encarando al arco rival.

Desde la posición de Luciano, el ángulo del arco formaba un marco que contenía a la pequeña luna que parecía sostenerse en la rama del álamo. Luciano siguió un poco por inercia la trepada de Franco hacia el arco rival.

Y fue justo cuando el gato maulló de nuevo, el perro ladró a una moto y que ese pájaro amarronado salió volando, que al fin Franco disparó la bocha.

Entonces, Luciano, que se quedó quieto, vio la pelota traspasar por una milésima de segundo la luz proyectada por el reflejo del sol sobre la luna. Esa misma que se enmarcaba dentro del ángulo del arco que no pudo proteger el arquero de los monoblocs. Fue ver pelota, luna, ángulo en un tándem tan mágico que no pudo evitar grabar esa imagen para sí.

Ahí, en ese festejo algo le dijo Luciano a Franco.

 

Neli, con su gato, únicos espectadores de la proeza, apretó el puño en secreto, el perro los siguió un tramo hasta perderse con ellos en la noche.

Apenas se les veían las caras cuando todos juntos se fueron en manada festejando la victoria.

La penumbra se comió la cancha, la fauna cambió de perros diurnos a perros nocturnos de pájaros amanecidos a pájaro ocultos por los árboles.

La luna finalmente iluminó al barrio.

Entonces, solitaria ya, en la noche,  doña Neli recordó para sí aquellas palabras que Luciano en el tumulto del festejo le dijo a Franco:

-Franco, le hiciste un golazo a la luna.


Uno que vio el golazo

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